Llegó el tiempo de Sha’Carri Richardson

Hasta las 21.50, calurosa noche en Budapest, más húmeda que ninguna noche de agosto, Sha’Carri Richardson era más citada en las páginas de cotilleos que en las deportivas, más famosa por sus escandalillos veniales –un poco de marihuana, una bronca con un auxiliar de vuelo, una peluca que vuela, un gesto con las uñas postizas de sus manos— y por los vídeos virales que las consagraban que por sus proezas atléticas, que no eran pocas, que por su velocidad y por su clase, y hasta por quedarse clavada en los tacos en las semifinales y, pese a ello, correrlas en 10,84s, y por tiempos pasar a la final de los 100m que desde la calle nueve, como empujada por un huracán que solo a ella la adorara –y solo a las demás las condenara a los 0,2 metros en contra según el anemómetro oficial–, la consagraría, 10,65s después, finalmente, en su primer Mundial, como nueva reina de la velocidad. La primera nacida en el siglo XXI. “Ya estoy aquí. Soy la campeona”, proclamo. “Ya había avisado”.

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