Las drogas y la violencia rompen la tranquila Bruselas

En una tranquila mañana de agosto en la que, por fin, el sol sale tímidamente en uno de los veranos más lluviosos que se recuerdan en Bruselas, la barriada de Peterbos, en el límite de la capital belga, parece adormecida. Los bloques de viviendas sencillas y baratas se apelotonan en una manzana rodeada de jardines que los separa de otros edificios más nuevos y hasta de grandes casas unifamiliares. Salvo por algunos jóvenes agazapados en los soportales que siguen con poco disimulo a todo visitante ajeno al vecindario, poco hace pensar que Peterbos sea uno de los principales centros de venta de droga de la capital belga. Pero las apariencias engañan. “Se avisan unos a otros, tienen un sistema de silbidos y señales para alertar de la policía”, cuenta una vecina que lleva varias décadas viviendo frente a la barriada.

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