La amnistía como sentimiento nacional

En el año 2017, meses antes de que se celebrara el referéndum de independencia convocado ilegalmente por la Generalitat, me compré un piso en Madrid. Recuerdo que el día que fui a visitarlo por primera vez toda la fachada estaba cubierta por banderas rojigualdas. “No sabía que hoy jugaba España”, dije al tipo de la inmobiliaria. “No hay ningún partido”, respondió. En efecto, aquellas banderas estaban allí para condenar la iniciativa de Puigdemont. O para condenar el nacionalismo catalán. Puede que para censurar a Cataluña entera. No es fácil descifrar el mensaje de una bandera cuando ondea un sentimiento. En mi antiguo barrio la única bandera que salpicaba algún que otro balcón era la arco iris. La española estaba reservada para días de celebración más que de confrontación. “Es un antiguo edificio de militares”, dijo el de la inmobiliaria. Como si aquella información pudiera descifrar alguna cosa.

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