¡Basta ya de la desgracia que siempre acecha a los pobres!

No viví el terremoto de Agadir en 1960, pero viví el de Alhucemas en 2004. Y aún me acuerdo de esa sensación de náusea y de esa ira contenida, ante lo que me parecía una siniestra injusticia del destino, y me recuerda que siempre son los pobres los que pagan el pato. La televisión hurgaba en la herida mostrando hasta la saciedad el dolor de los supervivientes; un dolor contenido por una dignidad que nos sonroja, a nosotros, los afortunados que nos hemos salvado, culpables de olvidar incluso la existencia de estos condenados de una tierra que ruge especialmente contra los desfavorecidos.

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